Death Magnetic
Warner

Se acabó. Metallica, tras 12 años de blandura, por fin dejó de ser meramente una banda de rock duro, para volver a ser una banda de heavy metal. Formando un nexo estilístico entre “And Justice For All” y el “Black Album” de 1991 (más un poco de síntesis de “Master of Puppets”), “Death Magnetic” se construye entre velocidad, breakdowns atroces y riffs thrasher de cacería despiadada no apto para chiquitos que se enchulan los tímpanos con metal de tipo modernoso. Old skool, baby. Y hecho por los que saben. No nos iban a defraudar. Esto se llama regresar con gloria. Es decir, ningún metalhead que valga su cuero negro puede decir que no le importa Metallica. Sería una mentira de las peores. Nos fundaron a todos.
Está el machaque animal en “The End of The Line”, o el midtempo de “Broken, Beat & Scarred” que te incita al headbanging hacia un coro lleno de melodía, o los ocho minutos agónicos de “The Day That Never Comes”, con clip que ya ves por MTV, y esos arpegios oscuros, esa melodía negativa que representa a Metallica perfectamente: todo está totalmente mal, y lo sabes. Hasta hay balada, para seguir la tradición: “The Unforgiven III”, con texturas de piano y cellos. Y sí, suena a “The Unforgiven”. Lo que es crucial en todo esto es la mano maldita de Rick Rubin, productor brujo con capacidad de hacer rockear a Slayer, Beastie Boys o Johnny Cash de igual manera. Le devolvió el terror, las suites thrasher bien extensas: ningún tema dura menos de 5 minutos. Y el héroe aquí es Kirk Hammett. Su trabajo de guitarras es superior, lo más logrado en años. Y si hay algo brillante, realmente brillante en “Death Magnetic”, es el último track, “My Apocalypse”, pesado, rápido y venenoso hasta los huesos. Suena a Metallica, cosa que no escuchabas hace demasiado tiempo. Bien por las venganzas.